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La Noche Triste del Árbol de la Noche Triste. (Si tuviéramos parque, no estaría usted aquí.)

Editorial escrita por: Mario Flores
 

 

Funcionarios Voladores

Por @mareoflores

La Noche Triste del Árbol de la Noche Triste. (Si tuviéramos parque, no estaría usted aquí.)

Van a decir que qué formas de iniciar una columna son estas, pero voy a escribirles en Modalidad Señora Indignada. Ustedes sabrán disculparme, pero se ha cometido un grave atropello a la mexicanidad.

No, no fue EPN, él no ha hecho nada hoy. Creo. No sé. Chéquense a ver si están bien.

El desastre de esta semana sucedió en el lugar que me vio nacer y donde aún radican mis padres: El barrio de Popotla, al poniente del DF. Este vecindario, que tiene su propia estación de metro en la línea dos (y que sí, sabemos que suena a que ahí están los baños, gracias) tiene orígenes prehispánicos, cuando Popotla, que significa lugar donde abundan los juncos, (o popotes, jiji) era una islita que formaba parte de una calzada que surcaba el lago de Texcoco desde Tacuba hasta el centro de la Gran Tenochtitlán (después de una Conquista, una Independencia, una Revolución, un temblor del 85 y tres divorcios, dicha avenida es conocida hoy como la México-Tacuba).

En esta islita se encontraba un bosque de ahuehuetes, y justamente uno de esos arbolotes se volvió protagonista de la historia: se cuenta que antes de que explotara de lleno la guerra de la Conquista, Cortés escapó de Tenochtitlán a través de la calzada México; pero su ejército fue descubierto, emboscado y le hicieron calzón chino. Cortés, muy despeinado, reunió a los sobrevivientes, vio que sus pérdidas eran muchas y rompió a llorar a la sombra de un ahuehuete, porque boys don't cry, but Conquistadores do.

A este evento se le conoce como La Noche Triste, aunque más de un taxista me ha expresado "no, joven, ¿cuál noche triste? Si ese día le ganamos a los gachupines, debería de ser la noche alegre"; en perfecto español y casi sin acento náhuatl, bien raro. Y al ahuehuete regado por las dulces, dulces lágrimas ibéricas se le conoce como el Árbol de la Noche Triste.

Desde por lo menos a mediados del siglo XIX, ha existido un parquecito alrededor del ahuehuete, en una placita muy chula rodeada de casas antiguas, como se aprecia en las fotografías, donde cabe imaginar a los Hermanos Magón andando en monociclo y a Victoriano Huerta en las sombras, planeando cómo robarse la Navidad:



Estaba tan chulo en esos tiempos que hasta lo pintó José María Velasco:



En el siglo XX el árbol todavía estaba verde y con vida: en los sesenta vio a Mauricio Garcés bailando mientras se echaba sus caipirinhas:



En algún momento desde entonces hasta hoy, el árbol se secó y murió. Algunos dicen que lo chamuscó algún vándalo, otros, que le cayó un relámpago porque cosas malas le pasan a los ahuehuetes buenos.



Y así llegamos hasta finales del siglo XX y principios del XXI, donde yo jugué en esos prados cuando era pequeño, rompí mis piñatas de cumpleaños entre dos postes que había ahí y personalmente perdí infinidad de Tortugas Ninja en esos arbustos. Miren nomás qué chulo y verde era:



Siempre me sentí afortunadísimo por tener un parque afuera de mi casa, el mayor lujo que puede existir en una ciudad como el DF; la luz entre las bugambilias, la frescura en el verano, y demás poetuits eran una maravilla en el mar de concreto que nos rodea.

Así, llegamos al 2012, cuando la delegación Miguel Hidalgo cambió de manos panistas a perredistas por primera vez en su historia, y el delegado Víctor Hugo Romo, un señor de barbita de candado, asumió funciones y aseguró que sería un delegado ecologista, que volvería a la Miguel Hidalgo una zona ciclista mediante el programa Ecobici, para combatir el automóvil, cambiar lo gris por lo verde y hacer feliz al Capitán Planeta.

Después de unos días en los que no fui a esos rumbos, me encontré que se había iniciado una obra en el parque. Una pancarta exponía que dicha obra formaba parte de la “RESCATE DEL ESPACIO PÚBLICO DE LA PLAZA DE LA VICTORIA”. ¿Rescate? ¿Estaba secuestrado? ¿Plaza de la Victoria? Hola, complejo de clase, por supuesto, porque somos aztecas que son adictos a las guerras floridas. Sin haber consultado a los vecinos inmediatos del parque, sin un referendum público de los que les encantan a los perredistas, trabajadores de la delegación estaban quitando todos los arbustos y árboles pequeños del parque. Obviamente tomé mis cazuelas y fui a preguntar qué demonios pasaba. Me aseguraron que los árboles serían transplantados a otro lugar y que todo estaba siendo cumplido de la forma más ecológica posible y que le iban a dar una remozada al lugar, “que todo iba a quedar muy bonito”.

Me quedé intranquilo pero decidí ser optimista y esperar que supieran lo que hacían. Conforme pasaron los días me ponía más y más nervioso mientras podaban las frondosas jacarandas, pero me dio el patatús cuando vi que en el antiguo piso de tierra metían su concretote vil y grisáceo. Al final, KABÚM. Quedó así:







Adiós, verde, mucho gusto, fue hermoso mientras duró. Hola, gris concreto, pásale, ponte cómodo, definitivamente no tenemos suficiente de ti en la ciudad.

Absolutamente todas las personas con las que he hablado sobre cómo quedó el parque me dicen lo mismo: “Le dieron en la madre”, “Ya ni la amuelan”. Desde el viene-viene hasta el tío que hace mucho que no venía por aquí, me comentan que preferían el parque como estaba. Pero ya no podemos hacer nada, claro está.

Cuando hablé con los contratistas me comentaron algunos disparates:

1.-Que muchas personas ignoraban que ese es el Árbol de la Noche Triste, y que pensaban que era “un arbolito más”. Creo que podrían haber hecho muchas cosas para llamar la atención sobre el Árbol además de podar todo a su alrededor. Creo que unas luces violetas de antro que tanto les gustan a los gobiernos le hubieran dado bastante espectacularidad.

2.-Que consultaron a un “comité vecinal de Popotla”, de un señor que vive como a cinco cuadras de ahí y del que nunca he escuchado hablar. A los vecinos inmediatos, entre los cuales se cuenta un jardín de niños cuyos estudiantes, me atrevo a asegurar, no ven muchos otros parques en un día normal, no nos preguntaron ni pío.

3.-Que todo fue bajo las normas de construcción de una plaza. Yo no lo dudo, solo me pregunto a quién demonios se le antojó hacer una plaza donde había un parque feliz y contento.

4.-Que los concheros del Fuego Nuevo de Iztapalapa querían una plataforma más grande para bailar. Que me disculpen los concheros y sus disfraces aztecas con zapato Nike, pero ellos solo bailan ahí una vez al año, y la ciudad tenía ese parque los 364 restantes.

5.-Que el parque Cañitas está a solo dos cuadras, que no se necesitaba este. Ay, no, bueno, pues de una vez arrasen también con el parque Cañitas, si total Chapultepec está como a quince minutos.

6.-Cuando les señalé que muchos gatos vivían en el parque y yo les daba de comer, y que ahora no tienen dónde estar, me dijeron “pues si tanto te preocupan los gatos, adóptalos todos”. Sin palabras.

Yo no dudo que el señor delegado Víctor Hugo haya actuado con buenas intenciones, solo tengo enormes problemas con la forma en la que las llevo a cabo. Sin duda, el parque estaba descuidado: la solución era cuidarlo, no aplanarlo. Me comentan que contaremos con una nueva estación de ecobici: eso me alegra muchísimo porque ya no voy a tener que sacar mi bici, pero me pregunto cuántas ecobicis serán necesarias para compensar ecológicamente la ausencia de un parque. A mi parecer, ninguna planeación urbanística que privilegia una plaza de concreto sobre un parque vivo tiene sentido en esta ciudad.

Pero dicen que ahogado el niño se tapa el pozo. Tapado el parque se escribe el artículo para pueblo.mx (¡gracias por la invitación y a ustedes por leer! Prometo no ser tan señora indignada en futuras emisiones). Solamente me queda suplicarle al delegado Romo, que si lee esto, note la molestia de un ciudadano e intente rellenar lo más posible con áreas verdes los pedacitos de tierra que quedaron.

Por una maniobra política y mediática intentaron “honrar” al islote de la victoria azteca terminando con las pocas plantitas que le quedaban alrededor. Menuda victoria, amor.


Esto me recuerda a la historia de Laika, el primer animal en el espacio. En 1957, Nikita Khrushchev quería algo espectacular para conmemorar el aniversario de la revolución bolchevique. Lo que se acordó fue preparar a toda prisa el lanzamiento de Laika, sin planes para su regreso. Se dice que la perrita murió a las tres horas de iniciada la misión.

Años después, uno de los científicos involucrados expresó su remordimiento por el proyecto. “Lo poquísimo que aprendimos de la misión no fue suficiente para justificar la muerte de Laika”.

No creo que por tomarse la foto política de Víctor Hugo Romo valiera la pena terminar con un parque. Uno como sea, pero que alguien piense en las plantitas.

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