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Tiene 22 años y ya probó el sabor del dinero como chofer de ‘El Teo’

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Publicada: 2017-11-30

 


Por su habilidad para manejar, Julián “N” fue chofer de Teodoro García Simental, El Teo, líder del Cártel de Tijuana, detenido en 2008, además de otros capos de mediana talla que fueron ascendiendo en la pirámide del mando y a los cuales llegó gracias a las amistades y parentescos sembrados en una colonia cercana a la Unidad Deportiva.

Contactado en un centro de rehabilitación donde podría permanecer por seis meses o hasta un año si su organismo no responde al proceso de desintoxicación por el prolongado consumo de cristal, Julián accede a relatar sus hazañas, pues logró salir vivo y casi sin pisar la cárcel tras cuatro años de trabajar para las células. Esta es su historia.

El esposo de su prima, un policía municipal de La Mesa, lo puso a traer carros de San Diego para vender. El policía montó un yonque frecuentemente inspeccionado por ministeriales y federales ante la sospecha de que vendían partes de autos robados. Acabaron por quemar refacciones y piezas de carrocería, pues los carros, efectivamente, eran robados. Fue el oficial quien le presentó a Filiberto Parra Ramos, La Perra, —hermano de su compadre—, y a Teodoro García Simental, El Teo, los capos que dominaron la plaza a la caída de los Arellano, para los cuales sirvieron.

Un día El Teo le soltó su camioneta a Julián para probar si de veras era tan fregón para manejar como decían. En menos de tres minutos llegaron de La Mesa a Otay. Aunque lo disimuló, García Simental iba bien agarrado del asiento.

"Nombre, le pisé la chancla y olvídate, llegamos en friega y eso que había tráfico; iba pegaditito a los carros y a veces los rebasaba por un pelito”, cuenta.

Desde entonces, se encargó de llevar y de traer. Amigos, familiares, paquetes, droga, armas y en alguna ocasión, un muerto debidamente sentado y con una gorra y chamarra gruesa con bolsas de plástico por debajo para contener la sangre.

Salía de su casa a las siete u ocho de la noche y volvía hasta las cinco de la mañana del día siguiente. A veces se desaparecía hasta por un par de días, pero siempre volvía. Hasta que una vez lo detuvo la Policía Estatal Preventiva con unos ladrillos de “mota”. Pasó toda la tarde y parte de la noche hasta que lo dejaron salir. Había dicho para quién trabajaba y había entregado su celular para que llamaran al dueño de la mercancía.

No había reloj que checar ni horario que cumplir. Eso sí, absoluta disponibilidad y, sobre todo, lealtad a prueba de fuego. Aquí la rotación de personal era castigada.

No le tocó estar en medio de alguna balacera, pero sí le llegaron a llamar para recoger a algún herido o a alguien que se escondía, y llevarlo a alguna casa de seguridad.

De esta forma, Julián dejó de ser un nini más, un don nadie, un muchachito que caminaba por las calles —en dos años se acabó tres carros que había comprado—, para labrarse un nombre en el mundo del narco.

Ahora ya hasta en un corrido lo mencionaban como el chofer más rápido de la colonia, y a su celular entraban llamadas de morritas del Cobach y del Conalep que querían conocerlo.

Quiso ascender de categoría, pero a juicio de sus jefes, le faltaban años y tamaños para encargarse de otro tipo de jales. Fue a la casa de La Perra con otros muchachos, a quienes les dieron un montón de armas inservibles, pero bastó para que armaran su convoy.

Aún hizo el intento por concluir sus estudios, y un maestro del Cobach II le ofreció el certificado por mil 400 dólares, “sin broncas para que entres a la municipal o a donde quieras”.

Sin estudios suficientes — un bachillerato abandonado en el segundo semestre por falta de pago—, ni experiencia, Julián halló su vocación detrás de un volante o de un manubrio de motocicleta apenas unos años atrás. Había repartido pizzas y correspondencia de una empresa de mensajería, hasta que empezó a trabajar como chofer para El Teo y a veces para La Perra.

Empezó a ganar de 300 a 400 dólares por semana, nada que ver con los 800 o mil pesos que ganaba en las pizzas.

También en el mundo del narco hay niveles, y a veces la ayuda era precaria pero era ayuda, como cuando la esposa de Óscar Rentería Villarreal, El Popeye, llevaba despensas a las mujeres de aquellos que fueron detenidos junto con su marido.

Cuando bajó el jale, sus contactos y el hecho de tener visa lo llevaron a trabajar al otro lado con una banda dedicada a cobrar cheques del seguro social de ancianos que acababan de morir.

Al final de su carrera, salió virtualmente invicto, y aunque ganó más de 80 mil dólares en sólo tres o cuatro años, más de lo que su padre habría ganado en muchos años, no tiene nada.

—¿Y qué hiciste con ese dinero, porque ni carro tienes?

—Se quemó en pisto, morras y drogas. Yo sabía que nos iban a tratar como reyes sólo cuando tuviéramos dinero. Ahorita, nada.

Ahora, Julián se encuentra internado en una clínica donde se desintoxica del uso de cristal, y su proceso de rehabilitación podría durar varios meses. Sus padres están más tranquilos. Al menos saben dónde está. Eso sí, su futuro es incierto porque no sabe a qué podrá dedicarse al salir. Apenas tiene 22 años y ya probó el sabor del dinero.

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